lunes, 13 de febrero de 2012

El rincón del olvido

El sol se apagó. Quizás sólo se fue, tal vez se escondió para no echar luz sobre esta esquina. Para qué iluminar lo que ya no puede brillar. Ahí está, olvidado, el rincón del corazón. Ya nadie lo escucha, dicen que se volvió loco, que perdió la razón. Loco hay que estar para querer encontrarla. La luna es la única que no lo olvida. Lo escucha siempre. A veces le habla, le grita. Sabe que el corazón necesita que lo despierten la mayoría de las veces.
Pero hay días en que ella no soporta verlo así, olvidado, herido de muerte. La esquina se tiñe de un rojo oscuro, espeso, cargado de dolor. Ni la peor de las tormentas logra lavar la acera. El río borravino abraza las calles, recorre las plazas, invade la ciudad. Nadie parece notarlo, todos continúan su marcha a ningún lado. Peregrinos de la nada, esclavos del reloj. Y mientras tanto el corazón se muere y no parece importarles. La dama del cielo llora desconsolada, pero sólo logra aumentar el caudal del río.
La gente entra en pánico, nadie quiere ser alcanzado por las aguas del dolor. Esas aguas viscosas, capaces de atrapar al más estoico de los soldados del saber. Todo es mejor que remar en ese mar de preguntas. Nadie quiere dudar, pueden descubrir que no saben nada, que se equivocaron. Quizá vean que dejaron morir al único que velaba por sus deseos, sus sueños. Pero nada importa, si no lo ven no está, no existe. Y nadie lo mira. Todos eligen no verlo. Se va a morir, ya no da más.
El olvido es la muerte más dolorosa. Es muy lenta, casi imperceptible. Tal vez todos sean olvidados lentamente, hasta desaparecer. La batalla por la vida parece perdida, la vanagloriada memoria ya no es la que era. Está cansada, sus tesoros han sido saqueados y arrojados al mar. Los recuerdos se ahogan en las profundidades. Pero quizás haya una chance, una en un millón. Un pescador de ilusiones. Una tanza en un naufragio. No tiene nada que perder, es pescar o morir. Va a tirar…

Ella tiene la mirada caída, clavada en la pata de adelante del banco de la plaza. Está pensando, tal vez sintiendo. No sabe lo que le está pasando. Pero no lo quiere mirar. Si se encuentran se pueden perder. Ignora que ya lo está perdiendo, si no lo mira se muere.
Pasan las horas, los días, los meses y ella sigue ahí, paralizada. Él está agonizando, entregado, ansiando el final. Ya con el último aliento, esboza algo indescifrable hacia ella. Mira al cielo por última vez y cierra los ojos, se deja llevar. Una extraña sensación le invade la piel. Una cálida luz lo abraza y ya no siente nada más. Ella levanta la mirada y se acerca hacia él. Con los ojos llenos de lágrimas finalmente le dice: “Yo también”. El cielo comienza a abrirse y los primeros rayos del sol son para ellos.

martes, 31 de enero de 2012

Una escena más

¿De qué nos vamos a disfrazar esta vez? Nunca se sabe cuándo termina la obra. Si es que termina, porque hay historias que jamás llegan a un final. Siempre hay una escena más. Quizás porque el público así lo quiere. Tal vez porque así lo necesitamos los actores. Lo cierto es que acá estamos, frente a todos y ninguno. Al fin de cuentas sólo importa lo que pasa en el escenario, lo demás no importa, no existe. Este es nuestro mundo, el único.
Del amor al odio, de la risa al llanto. Todo es parte de lo mismo. Expertos en el arte de cautivar, vendedores de ilusiones, encantadores de ángeles. Cualquier maña es válida para esquivar la verdad. ¿Existe tal cosa? Mucho de lo que aquí ocurre puede no ser verdadero pero no es menos real que aquello que así se proclama. Sólo importa todo aquello que mueve montañas.
Y allá vamos, de vuelta al ruedo, el único lugar en el que queremos estar. Allá afuera las cosas son distintas, ellos no lo entienden. Tal vez nosotros no entendamos lo que pasa de aquel lado. No importa, vamos a hacer una escena más. Siempre. No sabemos hacer otra cosa, no podemos, no queremos. Algunos se quedan a ver qué pasa, otros amagan a irse y varios se cansaron hace rato.
Las escenas son siempre únicas e irrepetibles, pero el argumento es el mismo. Él contra ella, ella contra él. Ellos contra ellos mismos. La lucha es constante, agotadora pero imprescindible. Así son los papeles y los interpretamos a la perfección. Pero este puede ser el último capítulo. El final no está escrito, pero toda historia llega a su fin. Aunque si de reglas se trata, en este lugar no se cumplen, no las hay. La única ley es la necesidad. El deseo de estar ahí. Hablarse o contemplarse en silencio. Correr hacia el otro o alejarse con violencia.
Tal vez no hay un final porque no es posible dilucidar un principio. Quizás no quieren descubrir el comienzo para no encontrar el final. Nada de eso importa, ella está ahí, esperándome. Es hermosa. Me gustaría ver al mundo detenerse a contemplar su sonrisa. Yo también la estoy esperando. A lo mejor de eso se trata, esperarnos. Ansiamos la espera porque es lo único que nos queda. Esperar para volver a estar en el único lugar que podemos.
Se terminó el tiempo, hay que salir al escenario. Ella está del otro lado, impaciente. Me atraviesa con la mirada. Me está gritando con los ojos. Sabe que es la última escena. Hay restos de dolor, bronca y tristeza en sus pupilas. Pero igual me sonríe, jamás mostrará signos de debilidad. Yo le devuelvo la sonrisa, pero no para esconder nada, sino porque creo que esta escena no es la escena final, es la mejor.

Termina el acto, algunos se van, otros se quedan, varios no saben qué hacer. Arriba, ellos se miran y sonríen, saben que lo lograron. Desde lejos, casi como un susurro, se escucha algo. No se sabe de dónde viene, menos si es real. Pero es cada vez más fuerte. Ya no hay dudas, el grito es claro. No importa si es lo que pide el público o lo que ellos quieren escuchar. Van a hacer una escena más.

lunes, 30 de agosto de 2010

Frente al mar

Él juntaba piedras, las coleccionaba. Sabía que debajo de cada una de ellas se esconde una ilusión, se agazapa la esperanza. Y así es que atesoraba sueños en un frasco. En algún punto todos lo hacemos, pero Tomás era conciente de ello. Todos los días, elegía una piedra diferente del recipiente y la guardaba celosamente en su bolsillo izquierdo de la campera con la que se defendía de aquel invierno en Santa Teresita. Visitaba con frecuencia al mar, fiel confesor y consejero. Sólo hay que estar atento y se lo puede oír cantando sobre algún dilema crucial de la vida, por eso es que es tan maravilloso sentarse frente a él. Tomás lo sabía y por eso siempre que podía iba a verlo. En cada encuentro y tras largas meditaciones, apretaba con fuerza la piedra del día, como si tuviera que protegerla de la erosión del tiempo, que todo lo destruye. Y es que a veces parece todo una carrera en vano contra un atleta superdotado que puede incluso darse el lujo de darnos ventaja.
Ella se sentaba en la arena a llorar sus penas mientras el mar, amigo y conocedor de las lágrimas, le besaba los pies. La puesta del sol ahí, con el astro fundiéndose en el horizonte celeste le parecía el marco ideal para su llanto. La tristeza puede ser muy hermosa acompañada de una buena canción o un atardecer. Jazmín lo sabía, por eso sonreía al sentir caer la primera de las gotas saladas sobre su mejilla frente al mar. Cada tanto y cuando se presentaba la oportunidad, le regalaba una piedra a su incondicional amigo. Pedía un deseo y se la arrojaba con fuerza. Creía que mientras más lejos llegara, más posibilidades había de que se hiciera realidad su sueño. Y es que si deseamos algo con mucha fuerza puede cumplirse.

Aquella tarde de agosto, Tomás había salido un poco más temprano de lo habitual del trabajo y se fue para la costa. Sentía la imperiosa necesidad de ver el mar. Llevaba como siempre una piedra en el bolsillo izquierdo del abrigo y la apretaba con fuerza. Venía pensando en qué le contaría a su amigo, puesto que todavía no anochecía y su timidez era reina en su ser. No es novedad que la noche debilita los corazones, pero también los abre, los expone, los libera. Se debatía entre sus temores cuando la vio. Allí, sentada a la orilla del mar, escarbando la arena. Solitaria y atractiva, fascinante como la primera estrella en la espesura de la noche.
El mar le cantaba que se acerque, que vaya y la abrace y le muestre que no está sola. Pero su miedo era más grande, el astro rey todavía no se despedía y su confianza se hacía añicos ante la luz. Entonces se acordó de la piedra. Siempre había salido con la piedra a cuestas sin saber bien por qué y ahora tenía la respuesta allí, frente al mar.
Apretó la piedra con fuerza y avanzó, sin dudarlo, sin pensarlo. Las cosas importantes pasan cuando menos las consideramos, fluyen, bailan al ritmo del deseo y se ríen de las reglas.
Casi sin hacer ruido se sentó cerca de ella, no demasiado, el sol todavía no se perdía en el mar y su coraje era apenas una intención. Ella no lo notó hasta que empezó a cantar. Siempre que estaba triste cantaba, era una manera de contarle al mundo su penar sin hacerlo. La poesía es el refugio ideal para el alma, tras la belleza y la metáfora se desliza más de una verdad. Jazmín no conocía la canción, pero le pareció muy hermosa. Quizás porque ella también estaba triste y se reflejaba en la letra. Tal vez porque la cantaba alguien más y eso quería decir que no estaba sola.
Cuando terminó la canción se vio de vuelta en compañía de su timidez. Ya no era por la luminosidad, sino porque Jazmín lo miraba fijo, con lágrimas en los ojos. Entonces se dio cuenta de lo que debía hacer, sacó de su bolsillo la piedra y se la ofreció con una sonrisa, sin decir palabra. Ella la tomó, le devolvió la mueca y en silencio, la arrojó con fuerza al mar. Tomás no lo entendió y sin decir nada se levantó, la miró con tristeza y se fue. Le había regalado su ilusión, la había puesto en sus manos y ella la había despreciado. Sin titubear había ahogado su esperanza en un segundo. Se fue pensando en que ya nunca más llevaría consigo una piedra, ni las almacenaría más. Jazmín se quedó más confundida y triste de lo que estaba. Quería explicarle, contarle que era un ritual que tenía con el mar. Pero las palabras se desvanecieron en el aire.
La incomprensión se alzó victoriosa una vez más y el destino río por lo bajo. Lo que podía ser no fue, la ilusión se rompió antes de ser. Y es que a veces no alcanza con las intenciones, con pedir el deseo, con aferrarse a la esperanza. Hay momentos en que hay que mover las piezas y desafiar al azar en su propio juego y bailar. Pero por alguna razón ninguno se animó y el viento se llevó la canción a otra parte, donde quizá la aprovecharán más. Y ella quedó ahí, llorando frente al mar.

martes, 1 de junio de 2010

La última carta

No sé si soy un capitán sin barco o un barco sin capitán. Pero algo me falta. Mientras tanto sigo naufragando, perdido en aguas que conozco muy bien, pero ya no me preocupa encontrar el rumbo. Así, voy a la deriva, agotado de planear y trazar líneas que después me llevan a donde menos pensaba. Bien podría decirse que estoy desorientado porque no me interesa saber donde está el norte, extraviado por propia voluntad. ¿Voluntad? Quizás sea desatinado hablar de ella cuando se trata de alguien que está aislado porque así lo quiere. ¿Es tan así? Es cierto que no tuve grandes oportunidades, pero ante la primera piedra elegí esconderme en lugar de presentar batalla. Tampoco nadie se molestó en buscarme. Pero claro, si fueron ellos quienes me empujaron a este laberinto. De tanto en tanto me visitan, pero sólo es eso. Nunca están realmente acá. No los quiero acá.
A veces me dan ganas de salir, conocer cómo es allá afuera, saber si hay otros como yo, diferentes, especiales, incomprendidos. Sin embargo el temor es más fuerte que mis atisbos de iniciativa y termino siempre deambulando entre las mismas paredes, ensayando encuentros, calculando sensaciones. Todo en vano. Sé bien que no se pueden bosquejar esas cosas, el azar es amo y señor del mundo.
Yo soy hijo de ese caos. Y de algunas malas decisiones también. Pero eso sólo se puede saber tiempo después, como siempre, con el resultado puesto. En el medio del juego hay que tomar decisiones, probar, arriesgar. El ganar o perder es sólo una circunstancia. Dejé de jugar antes de comprender de qué se trataba. De movida me asignaron el papel del malo y sin chistar lo desempeñé a la perfección. Ellos se lo buscaron. Si me hubieran preguntado, hubiese elegido otro final.
Pero ya es tarde para redenciones, ha pasado mucha agua por debajo del puente y ya no se puede torcer el cauce del río. Sólo saldré de aquí matando a Asterión. Tengo que librarme de él y empezar de nuevo. Pero cómo hacerlo, sólo no puedo, jamás me animaría. Hemos pasado muchas cosas acá, los dos solos, diría que somos la misma persona si no fuese porque lo odio. Y como ya no hay tiempo de cambiarlo, la solución es el final, y así lo espero.
Estas son mis últimas palabras, por eso quiero dejarlas escritas, que le sean de utilidad a alguien. Debe aprenderse de los errores, propios y ajenos. Todo final es un comienzo y ese renacer debe ser mejor la muerte q lo precede.

Ariadna entró corriendo al laberinto, preocupada por Teseo, quien tenía la terrible tarea de asesinar al minotauro. Lo encontró sentado en el suelo, llorando al lado del difunto Asterión. En una de sus manos tenía una carta.

sábado, 21 de noviembre de 2009

El último salto

La vida es un gran circo y no da tregua, siempre hay que estar listo para salir a la arena y dar la próxima función. No importa si tenés las ganas de salir o no, el público espera que aparezcas y es el que manda. Dicen que el show debe continuar y puede que no sea justo pero eso no se discute, simplemente se acata el mandato social. Se sostiene la farsa de la sonrisa del payaso triste.

y así llegan estas palabras hoy...a los saltos, casi volando, aún cuando sea la última vez que lo hagan...allá van.


Hoy siento que el payaso se ríe de mí. Está ahí parado, en el medio de la carpa haciendo piruetas y morisquetas. Siempre con esa sonrisa indeleble. Se está burlando de mí. Sin embargo nadie parece notarlo y lo aplauden con fervor. Claro, siempre le festejan todo a estos tipos. No se, será que siempre tuve algo contra los Clowns. Nunca supe bien qué, quizás sea esa manía por sonreír siempre ante todo. Va, es una manera de decir que sonríen si en realidad tienen una mueca inmóvil estampada en el rostro.
No recuerdo bien cuándo comenzó mi enemistad con estos personajes. Tal vez se deba a que en el fondo todos tenemos un poco de payasos. Algunos más que otros, pero nadie escapa al uso de este disfraz al menos una vez en la vida. Alguna vez nos hemos puesto la careta del guasón a pesar de sentirnos como el pingüino. De todas maneras, hasta hoy no había sentido tal aversión por ellos. Será porque hoy voy a saltar sin red. Y allí está el, a los saltos, descollante, esperando mi caída. Y todos ellos también lo están. Esos que aplauden sus monerías y que pagaron para verme en el suelo. Sí, nunca faltan los que ansían ver la derrota del otro. Menos cuando se monta el show en pos del morbo.
Pero yo voy a saltar igual, para alegría de muchos y tristeza de algunos. ¿Si tengo miedo de caerme? Seguro, pero el miedo no es más que el impuesto a la vida. El miedo no es para los cobardes sino para los que se animan, aquellos que conocen los riesgos pero juegan igual. Y yo voy a saltar. “Usá la red, no seas terco, es lo mismo y te asegurás de que no te vas a lastimar”, todavía escucho esas palabras y una sonrisa triste se dibuja en mi cara. La gracia de los juegos es que siempre hay algo que perder. Esa es la motivación.
Además sé que no me va a soltar. ¿Lo sé? Confío en que no me va a dejar caer. A veces es más importante confiar que saber. Vale más creer en algo que saber que es así. Y si me equivoco valdrá el riesgo. Más vale morir allá afuera que vivir con la nariz pegada al vidrio anhelando ser aquellos que son más que un peón en el tablero. Basta mirar en esas pupilas para ver que no hay de qué preocuparse. Me sonríe y ya no escucho las risas que le devuelven al bufón. Me va a salvar.
Se acerca el momento, el payaso comienza a despedirse y me hacen señas de que me prepare para salir al escenario. Agito las manos con fuerza como si fuera a tomar vuelo, siempre me gustó la idea de que al apretar los puños y mover los brazos me llenaba de una fuerza mágica. El público se pone de pie y varios se relamen a la espera de un trágico final.
Allá voy, rumbo a la escalera que me llevará al trapecio. Mientras subo, entre los escalones la busco a ella, que ya está arriba esperándome. Le regalo una sonrisa pero no me la devuelve, sus ojos están vidriosos y parecen querer decirme que no lo haga. Tiene miedo de soltarme. La tenue luz de la escenografía me muestra una lágrima sobre su mejilla derecha, pero no puedo volver atrás, ya estoy arriba. Voy a saltar. Me balanceo unos minutos sobre el trapecio, hago mi número y me preparo para el gran final. Se viene el salto definitivo, me voy a tirar a sus brazos. Es el último acto, el fin de la función. Puede ser mi último salto, pero no importa, porque todo final es el comienzo de algo. Allá voy...

El viento le susurra al oído que sólo en el cine terminan bien las historias pero a él no le importa, sabe que sopla siempre para donde le conviene. Por unos segundos siente la felicidad sobre el paladar y quiere aferrarse a ella, detener el tiempo, pero el tirano lo devuelve de un tirón en el brazo. El público no lo puede creer. Ella tampoco, pero con los ojos llenos de lágrimas finalmente sonríe.

domingo, 4 de octubre de 2009

Un ángel en la Tierra

Hoy llegan hasta aquí unas palabras escritas mucho tiempo atrás. Pero como nada se pierde y todo se rehace, hoy están más vivas que nunca y vuelven quizás con más fuerza que en aquel entonces...o por ahí nos dicen otras cosas...dicen que el azar se parece al deseo...

...si el viento se las olvidó debe ser por algo...

Ésta es una suerte de reflexión, a modo de diálogo entre el autor y el personaje. Quizás porque es más fácil hablar con uno mismo. Quizás porque de esta manera, el personaje puede decir cosas que el autor no se anima.
Tal vez sea uno de esos interminables monólogos que nos aturden por las noches de soledad. Aquellas ocasiones en que no hay mejor confesor que la almohada. Es cierto, ella no habla, no aconseja, pero nos escucha, y eso es algo que no abunda en este (in)mundo.
También puede ser aquellas interminables charlas con nuestros mejores amigos, los perros. Esos momentos mágicos, en los que les confiamos todo a esos ojos incondicionales, sabiendo que nos van a mirar siempre de la misma manera, con el mismo amor. Y pensar que hay quienes sostienen que sólo les falta hablar.

-Mi querido Adán, ¿Cómo estás hoy? (Le regalo una triste sonrisa)
-Aquí me encuentro… (cavila, mientras se pasa la mano por los cabellos) frente a un dilema. Levantarme o quedarme en el suelo. Quedarme quieto o seguir caminando (suspira, tiene los ojos opacos). Si al fin de cuentas, la realidad siempre logra extinguirnos la llama de la ilusión. Y sin ilusión no hay vida, sólo existencia (su rostro acompaña la idea, tiene un dejo de tristeza su expresión).
-¿Cómo es eso? (me acerco hacia él, para que note mi interés)
-En esta realidad que hemos construido, o que nos han dado, las personas deambulan por las calles, con la mirada apagada. No poseen ese destello de ilusión en su mirar (se enciende, quiere transmitirme su sentir). Esa magia tan necesaria para poder apreciar tanto la luz como la oscuridad. Ellos no pueden, no quieren, no los dejan (se le nubla la vista y ya no me mira. Tal vez habla con el niño que hay en él). La luz los encandila y la oscuridad los aterra. Ambas los enceguecen.
-Entonces, ¿Tan atroz es tu visión del mundo? (miro por la ventana para enfatizar la idea. Comienza a llover)
-Es que es allí donde radica le problema. En “el” mundo. No existe tal cosa (gesticula, se desespera por explicarme). Cada uno vive en un mundo diferente, y de a ratos, comparte el suyo con el otro. La vida consiste en encontrarle un lugar a ese mundo en nuestra realidad, y no, en encontrar nuestro lugar en “el” mundo. Si mundo hay uno solo (ahora es él quien mira a través del vidrio), si sólo es ese que está allí afuera, entonces elijo contemplarlo desde mi ventana. No quiero ser parte de ese mundo físico, sin brillo interior, sin alma. En ese mundo no hay amor.
-Esa es una afirmación muy fuerte, ¿qué es para vos el amor? (me cuesta mucho hacerle ésta pregunta. Inmediatamente esquivo su mirada)
-Es despegarse, tan sólo por un instante, de lo terrenal que hay en el hombre. Es alcanzar, aunque sea tan sólo por ese instante, lo que hay de mágico y de eternidad en los ángeles. Es la ilusión de que podemos vencer al tiempo, porque el tiempo deja de importarnos. Al igual que “el” mundo (su mirada de pierde, quizás en algún rincón de mi alma). Porque aunque en el mundo reine la oscuridad y la tiniebla, la luz de su mirada me salvará. Ella me salvará. La rosa más linda de todas, más pura, eterna en el tiempo y el espacio. En mi tiempo y mi espacio. El amor es Solveig Amundsen.
-Entonces, ¿el amor es el valor más importante de todos?
-Sí, sucede que el amor es lo que revive la ilusión (se envalentona, recupera el brillo en sus ojos), y esa ilusión es el motor de la vida. Lo que nos da fuerzas para seguir intentado, aún cuando todo parezca imposible. La falta de ilusión, de amor, es la muerte en vida. La simple y llana existencia.
-Hablás de la muerte, ¿tenés miedo de morir? (se me quiebra la voz, tiemblo)
-La muerte no me resulta algo aterrador. A lo que sí le temo es a morirme sin a haber vivido (su mirada ahora es intensa y transparente). La muerte tiene que ser un premio a una vida plena. Es el momento de paz que llega después de una vida agitada. De haber reído y llorado, pero siempre haber soñado. Creído. Entonces la muerte llegará como esa eternidad que nos liberará de esta prisión de huesos y nos revelará el Edén.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Antes de caer

Saltar o quedarse en el borde, cantar a los gritos o tararear tímidamente, en el fondo es siempre lo mismo. Jugar o jugar a que estamos jugando. Y en esa diferencia imperceptible está el secreto que nadie nos quiere contar, la verdad jamás revelada. ¿Habrá tal misterio? Quizás exista la necesidad de mantener la incógnita, el culto a la ilusión, la oración a la esperanza. Lo curioso es que incluso el caos tiene cierto orden. Y es allí cuando uno se siente más solo: todo parece tener un curso a pesar de que hagamos lo imposible para evitarlo. O se rearma en el nuevo ramal que se dibuja en el plano y ya está, de vuelta atrapado entre líneas. Pensar que la avalancha comienza con un leve soplido y después las consecuencias son incalculables.
Saltar o quedarse mirando. Parece un detalle mínimo en el que nadie repararía jamás. Casi nadie. Siempre el casi metido en el medio, entre el mundo y yo. Aunque no creo ser el único, imagino que varios tienen los bolsillos llenos de preguntas. Y sino supongo que se aburrirán en sus mundos cuadrados, perfectos en todas sus aristas. La gracia no está en lo impecable sino más bien en lo imperfecto, en aquello que contrasta con el resto. “No saltes hijo mío, es peligroso”, sus palabras rebotan en mi cabeza, de acá para allá, de allá para acá, de arriba abajo, como si fuera una cancha de squash. Pero creo que es más complicado vivir con la espina de no saber que se siente, de no experimentar el temor y la angustia de primera mano que quedarse en el pedestal de lo pulcro y cristalino.
Y es que acá reina la paz y no hay más preguntas que aquellas sobre cuál brilla más de todas las estrellas. Pero allí, a un paso, ni las ven. No pueden verlas o quizá tienen cosas más importantes que ver, como los ojos de alguien más. Ellos pueden brillar mucho más que cualquier astro, sólo hay que detenerse a contemplarlos. Y yo quiero verlos, quiero sentir esa luz tan poderosa que hace brillar al resto de las cosas. Así que voy a dar el paso adelante, y ya no habrá vuelta atrás.
Así fue como renunció a las alas de aquellos que viven en el cielo y se arrojó a las vicisitudes del infierno terrenal, donde quizás no haya tanto por lo que sonreír, pero la aventura consiste en intentarlo a pesar de todo.