domingo, 12 de mayo de 2013

Ruleta rusa


La perdí. Estaba tan inmiscuido en la búsqueda, en correr detrás de una ilusión, que se escapó. El ritual era tan encantador que empecé a perseguir la sensación de encontrarla y me olvidé de ella. Obvié que perseguía a alguien y no a algo, que no tenía por qué jugar para siempre. Hay juegos en donde vale todo y este era uno de ellos, aún cuando creía que compartíamos las mismas reglas. Sucede que a veces, las reglas están hechas para romperse, pero acá se rompió todo.
Te perdí. Una palabra justa, una sonrisa a tiempo y tal vez tu voz sonaría más allá de mi cabeza. Tan lejos y tan cerca. La distancia es un puente que se construye para volver a verse. Extrañarse. Instantes que rebotan, se multiplican y estallan ante mis ojos. Palabras que se van, lágrimas que vienen. Pero todo lo que pudo haber sido no importa, no existe. Sólo quedan los recuerdos. Me quedé con los recuerdos. Sólo.
Me perdí. De tanto buscarte me olvidé de mí. Me descuidé, me dejé de lado y un día me vi dando vueltas sin norte. Sin el faro me quedé sin luz. Me convertí en la sombra de la sombra, la mueca de la máscara. La noche me castiga y me reprocha, altanera, con la frialdad de los que nunca navegaron las turbias aguas del amor. La almohada me contiene, con la mochila de sueños truncos en su espalda.
Perdí. Jugué todo a pleno y perdí. Ni medias tintas ni paso a paso. A todo o nada. Pero la del héroe sólo funciona en las películas. Acá, en el barro, el cuento termina siempre igual. El que busca no siempre encuentra y así deambulé por espejos y ventanas, sin reflejarme jamás. Recorrí laberintos interminables, sólo para entender que a veces la salida es no pasar por la entrada.
Perdimos. Creíamos que jugaríamos por siempre, que podíamos tirar de la soga y jamás se cortaría. Nos equivocamos. Un día no se pudo jugar más, las reglas cambiaron, los jugadores dejaron de serlo. Y para sorpresa de nadie, el juego terminó sin ganadores. No hubo aplausos, silbidos, ni explicaciones. Sólo silencio. La ausencia se hizo reina y desfilaron los miedos hasta el amanecer. Nadie miró pero todos lo vieron.  

Tomás fumaba en silencio frente al mar. Estaba desahuciado, sin ánimos de cantarle sus penas a su fiel compañero. No podía quitarse imágenes de la cabeza, momentos de dicha y de tristeza, todos imborrables. Los veía como una película, una cascada de recuerdos que se enredaban en el aire. Repetía situaciones una y otra vez, las traía al presente y las revivía, las cambiaba. Un esfuerzo sobrehumano por reconciliarse con su pasado. Un absurdo, un intento desesperado por apagar el fuego eterno de la culpa.
Era la primera vez que no podía cantar. Sentía que era en vano. No le salía. Un pie invisible le presionaba el pecho y lo dejaba sin aire. La veía en todos lados y en ninguno. La pensaba, se imaginaba que la veía, que se encontraban. No había diálogos. Sin explicaciones ni reproches. La sola presencia bastaba para la escena. Necesitaba un final. Planeaba un comienzo.
Se debatía entre sus fantasmas cuando buscando un cigarrillo en el bolsillo izquierdo de la campera, encontró una piedra. Descubrió un sueño guardado, una ilusión atesorada. Inmediatamente la recordó a ella, decidida, inquebrantable, tirando su anhelo con desenfado al mar. Sus ojos se ahogaron y arrojó con fuerza la piedra al agua. Quería arrancársela. Fue entonces cuando escuchó: “ojalá hayas pedido lo mismo que yo”. Sí, era ella. Jazmín. Estaba ahí, frente a él. Final del Juego, última vuelta. Aún no lo saben, pero ya ganaron.

jueves, 19 de julio de 2012

Un Final


La traición estalló por toda la habitación. El dolor invadió el lugar y sus palabras rebotaron en las paredes. Su cabeza era un hervidero. Ya no era el mismo, lo habían quebrado. Un extraño en su mundo, apenas una sombra entre tantas luces de neón. Ya no podría estar allí. Pero, ¿cómo irse? ¿De qué manera arrancarse de ese lugar? Su lugar. No se es de donde se nace sino de donde se siente. Y esa era su casa, su hogar. Pero ya no más.
Pensaba en aquel día, donde empezó todo. Casi sin quererlo, una tarde de abril, la ruleta comenzó a girar. Y no paró más. Intentaba buscar un indicio, algo que le marcará cómo y por qué. Pensaba en todas aquellas decisiones mínimas, imperceptibles, que habían desencadenado este final. Osaba imaginar escenarios alternativos, caminos diferentes para los mismos pies.
Se trataba de una empresa imposible. Las verdaderas historias coquetean con el azar, pero están signadas por la voluntad. Pueden desviarse más o menos, pero siempre llegan a puerto. Inevitablemente, no iba a saberlo nunca. Con la paciencia de los vencedores, el tiempo le demostraría que no hay razón, que nada tiene sentido. Pero no podía esperar, ya no más.
La luz cálida del rey del día lo hería, le demostraba lo frío que estaba. Las lágrimas hacían un mar o el mar alcanzaba sus lágrimas, pero se estaba ahogando. Se hundía el barco. Su barco. Y no había vuelta atrás. Sólo quedaba saltar, intentar nadar a la orilla, abandonar todo aquello que era suyo. Abandonar su lugar, su identidad. Abandonarse. Una carrera que no podía terminar bien. No se puede correr muy lejos de uno mismo.
Ella lo llamaba desde allá, aquel lugar seguro, inerte. Él la escuchaba pero no podía hacerle caso. Se detuvo varias veces a contemplarla. A veces con tristeza, otras con una sonrisa indeleble. Pero no podía moverse. Estaba seguro de que su final no estaba allí. Estaba acá. Si se iban sus sueños, los retazos de ilusiones que había guardado por años, él se iría con ellos.
Se acercaba el momento de la verdad. Se activaban las alarmas, se disparaban los miedos. Las dudas correteaban por el lugar, las certezas saltaban por la borda. Pero él seguía allí. Inmóvil. Parecía que estaba asistiendo a ese espectáculo sin la conciencia de protagonizarlo. Quizás le parecía irreal encontrarse finalmente con ese epílogo anunciado. Lo cierto es que mantenía la calma. Sentía que no podía ser de otra manera. Era su destino.
Las aguas se debatían por apoderarse de la nave. Arrollaban todo lo que encontraban a su paso. Todo menos su fe. O tal vez era otra cosa, pero el capitán seguía allí, al mando de su embarcación. Necesitaba creer que su barco aguantaría la embestida. Habían pasado tantas, todas con secuelas, cicatrices, pero las habían superado. Juntos. Y es que dicen que no hay barco sin capitán, pero él no quería seguir siéndolo sin su nave. No podía. No sabía. No quería.

Un final. Un comienzo. Un barco que se hunde. Un naufragio sin fecha de vencimiento. El sol comenzaba a despedirse y no era el único. La creciente oscuridad se apoderaba de la escena y con ella desaparecía todo. Ya no quedaba nada para hacer, sólo contemplarla. Ella se mostraba serena pero firme, confiada de su victoria. Él no podía dejar de mirarla. Había evitado por años su llamado a renunciarlo todo y ahora era testigo del quiebre de su voluntad. Estaba entregado.
 Ella extendía su mano y él se aproximaba a paso firme, con la resignación y fascinación de las almas en pena. Cuando estaba por tomarla de la mano recordó todo lo que dejaba atrás. Risas, llantos, sueños, logros, fracasos, cada uno de ellos a bordo de ese barco. Mujeres, amores. Y la única. Aquel faro que guiaba sus noches de eterna vigilia. La reina de las reinas. Ya no la vería más. Estaba a un paso de renunciar a su vida y su pie ya estaba en el aire. Esbozó una sonrisa, soltó una lágrima y se entregó a ella. 

jueves, 5 de julio de 2012

La vida es un juego


¿A dónde vas? ¿A dónde voy? No se sabe, pero vamos juntos. Sí, aún cuando no lo parezca. No se puede separar lo que está unido de manera inexplicable, necesaria. Podemos alejarnos, aislarnos, jugar a que recorremos caminos diferentes, pero sabemos que al final nos vamos a juntar. Porque es lo que buscamos. Nos perdemos para encontrarnos. La ausencia anhela la presencia, el fuego busca prenderse cada vez más, no apagarse, no importan los esfuerzos.
No recuerdo cómo empezó este juego de avances y retrocesos, de aciertos y errores, dados y barajas. Truco, quiero re truco, me voy al mazo. El juego de la vida o la historia sin fin, lo cierto es que las vueltas al tablero nunca terminan. Y es que tal vez de eso se trate, dar los giros y saltos necesarios hasta caer los dos en el mismo casillero. Porque no hay meta. No importa quién va adelante, quién ganó más estrellas. No. Sólo terminar juntos.
A veces el impulso de ir hacia atrás es grande, forzar el encuentro, pero no se puede. El reloj obliga a seguir hacia adelante, en una carrera contra el tiempo y el espacio, en la que siempre se pierde. Casi siempre. Si no hubiese una chance de ganar, por mínima que sea, no valdría la pena el juego. Y vaya que lo vale. Por más que en ocasiones haya que perder un turno, retroceder cuatro casilleros o avanzar uno. No es el horizonte sino el camino lo que atrapa.
Enfrentados o abrazados, de la mano o sin notarnos. Así como el cielo y el mar no saben de desencantos, nosotros tampoco. Superamos todas las tormentas, hasta aquella que parece el diluvio final. Aquellos días en que nos gustaría dividirnos, arrancarnos el uno del otro. Y ver cómo seguimos, quién es quién sin el otro. Si somos alguien sin el otro. Pero no hay mucho tiempo para pensar, siempre estamos corriendo. Para allá, para acá, siempre escapando. Pero nos dejamos alcanzar. Tal vez no podamos ir más rápido o escabullirnos mejor, quizás no queremos.
Comienza la angustia, la desesperante sensación de no saber dónde estás. Ni dónde estoy. Todo es penumbra, la tenue luz de la luna hace las veces de guía. Las sombras hacen su juego y acechan, confunden, engañan. Me muestran cosas que no están, esconden las que son. Y perdida en la oscuridad, desfilando ante mi ceguera, estás vos. Caminando por ahí, amparándote en la noche, atada a tu libertad. Con esa frescura que es tu mayor encanto pero también tu mejor arma. No puedo esperar más, voy a apurar la cuenta y voy a salir a buscarte. Salgo…

Se conocieron hace nueve días, son vecinos ocasionales, están de vacaciones. Desde el primer día algo los amarró a esa esquina. La primera vez que se cruzaron, Tomás salía a la vereda para ir a la playa cunado la vio bailar en el patio de la casa de al lado. Se quedó encantado. Era la nena más hermosa del mundo. Y vivía al lado, como en las películas. Quería decirle algo, acercarse, pero no lograba articular palabra alguna. Sólo podía admirarla, contemplarla. Jazmín notó que tenía público y empezó a lucirse más. Ahora cantaba también, estaba radiante. Era la reina de la cuadra, del mundo. Porque no había más que esa esquina, no para ellos. Terminó su canción, dio el último paso de baile y le sonrió.
Desde aquel día fueron inseparables. No se perdieron un atardecer juntos, frente al mar. Sobre el final de la tarde, se encontraban en esa esquina y jugaban todas las noches a la escondida. Hoy es el último día. El que marcan los calendarios, porque ellos saben que no es el final. Son chicos, pero ya entendieron todo. Tomás tiene diez años y Jazmín ocho, pero donde manda el corazón, la razón queda de lado. Creen que nunca van a dejar de jugar, que están unidos para siempre. Y hacen bien. Ella va a vivir escondiéndose, él va a vivir buscándola. Siempre se van a encontrar.

lunes, 13 de febrero de 2012

El rincón del olvido

El sol se apagó. Quizás sólo se fue, tal vez se escondió para no echar luz sobre esta esquina. Para qué iluminar lo que ya no puede brillar. Ahí está, olvidado, el rincón del corazón. Ya nadie lo escucha, dicen que se volvió loco, que perdió la razón. Loco hay que estar para querer encontrarla. La luna es la única que no lo olvida. Lo escucha siempre. A veces le habla, le grita. Sabe que el corazón necesita que lo despierten la mayoría de las veces.
Pero hay días en que ella no soporta verlo así, olvidado, herido de muerte. La esquina se tiñe de un rojo oscuro, espeso, cargado de dolor. Ni la peor de las tormentas logra lavar la acera. El río borravino abraza las calles, recorre las plazas, invade la ciudad. Nadie parece notarlo, todos continúan su marcha a ningún lado. Peregrinos de la nada, esclavos del reloj. Y mientras tanto el corazón se muere y no parece importarles. La dama del cielo llora desconsolada, pero sólo logra aumentar el caudal del río.
La gente entra en pánico, nadie quiere ser alcanzado por las aguas del dolor. Esas aguas viscosas, capaces de atrapar al más estoico de los soldados del saber. Todo es mejor que remar en ese mar de preguntas. Nadie quiere dudar, pueden descubrir que no saben nada, que se equivocaron. Quizá vean que dejaron morir al único que velaba por sus deseos, sus sueños. Pero nada importa, si no lo ven no está, no existe. Y nadie lo mira. Todos eligen no verlo. Se va a morir, ya no da más.
El olvido es la muerte más dolorosa. Es muy lenta, casi imperceptible. Tal vez todos sean olvidados lentamente, hasta desaparecer. La batalla por la vida parece perdida, la vanagloriada memoria ya no es la que era. Está cansada, sus tesoros han sido saqueados y arrojados al mar. Los recuerdos se ahogan en las profundidades. Pero quizás haya una chance, una en un millón. Un pescador de ilusiones. Una tanza en un naufragio. No tiene nada que perder, es pescar o morir. Va a tirar…

Ella tiene la mirada caída, clavada en la pata de adelante del banco de la plaza. Está pensando, tal vez sintiendo. No sabe lo que le está pasando. Pero no lo quiere mirar. Si se encuentran se pueden perder. Ignora que ya lo está perdiendo, si no lo mira se muere.
Pasan las horas, los días, los meses y ella sigue ahí, paralizada. Él está agonizando, entregado, ansiando el final. Ya con el último aliento, esboza algo indescifrable hacia ella. Mira al cielo por última vez y cierra los ojos, se deja llevar. Una extraña sensación le invade la piel. Una cálida luz lo abraza y ya no siente nada más. Ella levanta la mirada y se acerca hacia él. Con los ojos llenos de lágrimas finalmente le dice: “Yo también”. El cielo comienza a abrirse y los primeros rayos del sol son para ellos.

martes, 31 de enero de 2012

Una escena más

¿De qué nos vamos a disfrazar esta vez? Nunca se sabe cuándo termina la obra. Si es que termina, porque hay historias que jamás llegan a un final. Siempre hay una escena más. Quizás porque el público así lo quiere. Tal vez porque así lo necesitamos los actores. Lo cierto es que acá estamos, frente a todos y ninguno. Al fin de cuentas sólo importa lo que pasa en el escenario, lo demás no importa, no existe. Este es nuestro mundo, el único.
Del amor al odio, de la risa al llanto. Todo es parte de lo mismo. Expertos en el arte de cautivar, vendedores de ilusiones, encantadores de ángeles. Cualquier maña es válida para esquivar la verdad. ¿Existe tal cosa? Mucho de lo que aquí ocurre puede no ser verdadero pero no es menos real que aquello que así se proclama. Sólo importa todo aquello que mueve montañas.
Y allá vamos, de vuelta al ruedo, el único lugar en el que queremos estar. Allá afuera las cosas son distintas, ellos no lo entienden. Tal vez nosotros no entendamos lo que pasa de aquel lado. No importa, vamos a hacer una escena más. Siempre. No sabemos hacer otra cosa, no podemos, no queremos. Algunos se quedan a ver qué pasa, otros amagan a irse y varios se cansaron hace rato.
Las escenas son siempre únicas e irrepetibles, pero el argumento es el mismo. Él contra ella, ella contra él. Ellos contra ellos mismos. La lucha es constante, agotadora pero imprescindible. Así son los papeles y los interpretamos a la perfección. Pero este puede ser el último capítulo. El final no está escrito, pero toda historia llega a su fin. Aunque si de reglas se trata, en este lugar no se cumplen, no las hay. La única ley es la necesidad. El deseo de estar ahí. Hablarse o contemplarse en silencio. Correr hacia el otro o alejarse con violencia.
Tal vez no hay un final porque no es posible dilucidar un principio. Quizás no quieren descubrir el comienzo para no encontrar el final. Nada de eso importa, ella está ahí, esperándome. Es hermosa. Me gustaría ver al mundo detenerse a contemplar su sonrisa. Yo también la estoy esperando. A lo mejor de eso se trata, esperarnos. Ansiamos la espera porque es lo único que nos queda. Esperar para volver a estar en el único lugar que podemos.
Se terminó el tiempo, hay que salir al escenario. Ella está del otro lado, impaciente. Me atraviesa con la mirada. Me está gritando con los ojos. Sabe que es la última escena. Hay restos de dolor, bronca y tristeza en sus pupilas. Pero igual me sonríe, jamás mostrará signos de debilidad. Yo le devuelvo la sonrisa, pero no para esconder nada, sino porque creo que esta escena no es la escena final, es la mejor.

Termina el acto, algunos se van, otros se quedan, varios no saben qué hacer. Arriba, ellos se miran y sonríen, saben que lo lograron. Desde lejos, casi como un susurro, se escucha algo. No se sabe de dónde viene, menos si es real. Pero es cada vez más fuerte. Ya no hay dudas, el grito es claro. No importa si es lo que pide el público o lo que ellos quieren escuchar. Van a hacer una escena más.

lunes, 30 de agosto de 2010

Frente al mar

Él juntaba piedras, las coleccionaba. Sabía que debajo de cada una de ellas se esconde una ilusión, se agazapa la esperanza. Y así es que atesoraba sueños en un frasco. En algún punto todos lo hacemos, pero Tomás era conciente de ello. Todos los días, elegía una piedra diferente del recipiente y la guardaba celosamente en su bolsillo izquierdo de la campera con la que se defendía de aquel invierno en Santa Teresita. Visitaba con frecuencia al mar, fiel confesor y consejero. Sólo hay que estar atento y se lo puede oír cantando sobre algún dilema crucial de la vida, por eso es que es tan maravilloso sentarse frente a él. Tomás lo sabía y por eso siempre que podía iba a verlo. En cada encuentro y tras largas meditaciones, apretaba con fuerza la piedra del día, como si tuviera que protegerla de la erosión del tiempo, que todo lo destruye. Y es que a veces parece todo una carrera en vano contra un atleta superdotado que puede incluso darse el lujo de darnos ventaja.
Ella se sentaba en la arena a llorar sus penas mientras el mar, amigo y conocedor de las lágrimas, le besaba los pies. La puesta del sol ahí, con el astro fundiéndose en el horizonte celeste le parecía el marco ideal para su llanto. La tristeza puede ser muy hermosa acompañada de una buena canción o un atardecer. Jazmín lo sabía, por eso sonreía al sentir caer la primera de las gotas saladas sobre su mejilla frente al mar. Cada tanto y cuando se presentaba la oportunidad, le regalaba una piedra a su incondicional amigo. Pedía un deseo y se la arrojaba con fuerza. Creía que mientras más lejos llegara, más posibilidades había de que se hiciera realidad su sueño. Y es que si deseamos algo con mucha fuerza puede cumplirse.

Aquella tarde de agosto, Tomás había salido un poco más temprano de lo habitual del trabajo y se fue para la costa. Sentía la imperiosa necesidad de ver el mar. Llevaba como siempre una piedra en el bolsillo izquierdo del abrigo y la apretaba con fuerza. Venía pensando en qué le contaría a su amigo, puesto que todavía no anochecía y su timidez era reina en su ser. No es novedad que la noche debilita los corazones, pero también los abre, los expone, los libera. Se debatía entre sus temores cuando la vio. Allí, sentada a la orilla del mar, escarbando la arena. Solitaria y atractiva, fascinante como la primera estrella en la espesura de la noche.
El mar le cantaba que se acerque, que vaya y la abrace y le muestre que no está sola. Pero su miedo era más grande, el astro rey todavía no se despedía y su confianza se hacía añicos ante la luz. Entonces se acordó de la piedra. Siempre había salido con la piedra a cuestas sin saber bien por qué y ahora tenía la respuesta allí, frente al mar.
Apretó la piedra con fuerza y avanzó, sin dudarlo, sin pensarlo. Las cosas importantes pasan cuando menos las consideramos, fluyen, bailan al ritmo del deseo y se ríen de las reglas.
Casi sin hacer ruido se sentó cerca de ella, no demasiado, el sol todavía no se perdía en el mar y su coraje era apenas una intención. Ella no lo notó hasta que empezó a cantar. Siempre que estaba triste cantaba, era una manera de contarle al mundo su penar sin hacerlo. La poesía es el refugio ideal para el alma, tras la belleza y la metáfora se desliza más de una verdad. Jazmín no conocía la canción, pero le pareció muy hermosa. Quizás porque ella también estaba triste y se reflejaba en la letra. Tal vez porque la cantaba alguien más y eso quería decir que no estaba sola.
Cuando terminó la canción se vio de vuelta en compañía de su timidez. Ya no era por la luminosidad, sino porque Jazmín lo miraba fijo, con lágrimas en los ojos. Entonces se dio cuenta de lo que debía hacer, sacó de su bolsillo la piedra y se la ofreció con una sonrisa, sin decir palabra. Ella la tomó, le devolvió la mueca y en silencio, la arrojó con fuerza al mar. Tomás no lo entendió y sin decir nada se levantó, la miró con tristeza y se fue. Le había regalado su ilusión, la había puesto en sus manos y ella la había despreciado. Sin titubear había ahogado su esperanza en un segundo. Se fue pensando en que ya nunca más llevaría consigo una piedra, ni las almacenaría más. Jazmín se quedó más confundida y triste de lo que estaba. Quería explicarle, contarle que era un ritual que tenía con el mar. Pero las palabras se desvanecieron en el aire.
La incomprensión se alzó victoriosa una vez más y el destino río por lo bajo. Lo que podía ser no fue, la ilusión se rompió antes de ser. Y es que a veces no alcanza con las intenciones, con pedir el deseo, con aferrarse a la esperanza. Hay momentos en que hay que mover las piezas y desafiar al azar en su propio juego y bailar. Pero por alguna razón ninguno se animó y el viento se llevó la canción a otra parte, donde quizá la aprovecharán más. Y ella quedó ahí, llorando frente al mar.

martes, 1 de junio de 2010

La última carta

No sé si soy un capitán sin barco o un barco sin capitán. Pero algo me falta. Mientras tanto sigo naufragando, perdido en aguas que conozco muy bien, pero ya no me preocupa encontrar el rumbo. Así, voy a la deriva, agotado de planear y trazar líneas que después me llevan a donde menos pensaba. Bien podría decirse que estoy desorientado porque no me interesa saber donde está el norte, extraviado por propia voluntad. ¿Voluntad? Quizás sea desatinado hablar de ella cuando se trata de alguien que está aislado porque así lo quiere. ¿Es tan así? Es cierto que no tuve grandes oportunidades, pero ante la primera piedra elegí esconderme en lugar de presentar batalla. Tampoco nadie se molestó en buscarme. Pero claro, si fueron ellos quienes me empujaron a este laberinto. De tanto en tanto me visitan, pero sólo es eso. Nunca están realmente acá. No los quiero acá.
A veces me dan ganas de salir, conocer cómo es allá afuera, saber si hay otros como yo, diferentes, especiales, incomprendidos. Sin embargo el temor es más fuerte que mis atisbos de iniciativa y termino siempre deambulando entre las mismas paredes, ensayando encuentros, calculando sensaciones. Todo en vano. Sé bien que no se pueden bosquejar esas cosas, el azar es amo y señor del mundo.
Yo soy hijo de ese caos. Y de algunas malas decisiones también. Pero eso sólo se puede saber tiempo después, como siempre, con el resultado puesto. En el medio del juego hay que tomar decisiones, probar, arriesgar. El ganar o perder es sólo una circunstancia. Dejé de jugar antes de comprender de qué se trataba. De movida me asignaron el papel del malo y sin chistar lo desempeñé a la perfección. Ellos se lo buscaron. Si me hubieran preguntado, hubiese elegido otro final.
Pero ya es tarde para redenciones, ha pasado mucha agua por debajo del puente y ya no se puede torcer el cauce del río. Sólo saldré de aquí matando a Asterión. Tengo que librarme de él y empezar de nuevo. Pero cómo hacerlo, sólo no puedo, jamás me animaría. Hemos pasado muchas cosas acá, los dos solos, diría que somos la misma persona si no fuese porque lo odio. Y como ya no hay tiempo de cambiarlo, la solución es el final, y así lo espero.
Estas son mis últimas palabras, por eso quiero dejarlas escritas, que le sean de utilidad a alguien. Debe aprenderse de los errores, propios y ajenos. Todo final es un comienzo y ese renacer debe ser mejor la muerte q lo precede.

Ariadna entró corriendo al laberinto, preocupada por Teseo, quien tenía la terrible tarea de asesinar al minotauro. Lo encontró sentado en el suelo, llorando al lado del difunto Asterión. En una de sus manos tenía una carta.